¿Desea detener el trabajo infantil? Lecciones del estudio de Young Lives

30 octubre 2018

Jo Boyden  | Director, Young Lives

Hace unas semanas, un periodista me preguntó si deberíamos reconsiderar la prohibición de que los niños tengan un empleo o trabajen por debajo de una edad mínima. El entrevistador estaba ansioso por saber por qué podría estar en desacuerdo con tal política cuando parece obvio que mantener a los niños fuera del trabajo y llevarlos a la escuela los protege del peligro y la explotación.

Sin dudas, debemos encontrar formas de proteger a los niños del trabajo nocivo. Pero la mejor manera de hacerlo es dirigir nuestra atención a identificar y poner fin, para todos los niños, a todo trabajo que sea perjudicial. Básicamente prohibir el trabajo para los más pequeños puede tener efectos adversos involuntarios.

Esta posición se basa en la experiencia directa y años de investigación. Estuve en Bangladesh hace 25 años cuando se presentó ante el Senado de los Estados Unidos un proyecto de ley que prohibía la importación de productos manufacturados y de minería que fueran producidos por niños menores de 15 años. La intención no era solo sacar a los niños de los talleres de explotación, sino también asegurarse de que asistieran a la escuela. Temerosos de perder sus valiosos negocios de exportación, propietarios de fábricas de ropa en Bangladesh despidieron alrededor de 60.000 niños, prácticamente de la noche a la mañana. Tiempo después, al hacer un seguimiento de varios de esos niños, descubrimos que ninguno estaba en la escuela y muchos estaban en trabajos que eran mucho más riesgosos que la producción de ropa, inclusive la prostitución, aislados y terriblemente vulnerables.

Sin dudas, debemos encontrar formas de proteger a los niños del trabajo nocivo. Pero la mejor manera de hacerlo es dirigir nuestra atención a identificar y poner fin, para todos los niños, a todo trabajo que sea perjudicial.

Por lo tanto, considerar las experiencias y opiniones de los niños en la discusión debe ser una prioridad para los legisladores. Durante los últimos 15 años, hemos intentado hacer esto a través de Young Lives, un estudio longitudinal que examina las experiencias y circunstancias de 12.000 niños y niñas a medida que crecen en cuatro países muy diversos: Etiopía, India, Perú y Vietnam. Hemos encontrado que comprender las perspectivas de los niños que necesitan trabajar, así como las de sus familias, es fundamental para que las intervenciones tengan éxito. Sin estas percepciones, podríamos fracasar en mejorar su situación e incluso dejarlos peor. Este fue el caso en Bangladesh, donde nadie consideró, antes de la prohibición, qué alternativas fuera de la fabricación de ropa les quedaban a los niños y qué apoyo necesitaban para poder asistir a la escuela.

Basados en lo que hemos escuchado de los niños y las familias de Young Lives, se destacan tres puntos importantes.


Niños arreando al ganado en la región rural de Etiopía/Young Lives

Aspectos monetarios

Primero, la necesidad económica es, sin duda una de las principales fuerzas que impulsan a los niños a trabajar. Ante esta situación, un objetivo político básico debe ser garantizar que todas las familias tengan los suficientes recursos para enviar a sus hijos a la escuela y criarlos sin necesidad de que trabajen.

Teniendo esto en cuenta, es alentador que las familias de Young Lives estuvieran en mejores condiciones en la última entrevista en el año 2016 que en el 2001. Sin embargo, durante el mismo período, las desigualdades entre los niños se arraigaron. Los niños más pobres, rurales y los de minorías étnicas o religiosas, a menudo no tenían otra opción que seguir trabajando.

En efecto, encontramos que en muchos lugares, el trabajo de los niños es exactamente lo que les permite ir a la escuela. Los niños de las zonas rurales de Etiopía, por ejemplo, trabajan como asalariados ocasionales y utilizan sus ingresos para comprar libros, materiales, uniformes escolares y calzado. Sus padres no pueden proveer estas cosas.

Si consideramos esto, ¿qué hacemos? Las políticas macroeconómicas favorables al crecimiento que profundizan y afianzan las desigualdades deben reevaluarse con urgencia, junto con la provisión de formas específicas de protección social para niños que ofrecen redes de seguridad para quienes se quedan atrás.


Mujeres jóvenes que trabajan en Vietnam/Young Lives

Escuelas que importan

Nuestro segundo punto hace referencia a la suposición de que la escuela es la única forma en que los niños pueden aprender y en consecuencia, la mejor manera para pasar su tiempo. Esto podría ser teóricamente cierto si todos los niños del mundo tuvieran acceso a una educación gratuita de alta calidad, que los prepare para el mundo laboral de los adultos. Sin embargo, ese simplemente no es el caso.

Young Lives decidió examinar la efectividad de las escuelas en los cuatro países que estudiamos. Lamentablemente, descubrimos que la mayoría de las escuelas simplemente no ofrece, aún siendo un derecho de los niños, las habilidades básicas como la alfabetización y la aritmética. En India y Perú, la educación está efectivamente afianzando las desigualdades entre los niños de diferentes grupos sociales. Además, los castigos físicos, junto con la falta de seguridad y respeto por los alumnos, a menudo conducen a los niños fuera de la escuela y dentro del mercado laboral.

Para abordar esta situación, los gobiernos, las escuelas y las comunidades deben apoyar la educación de aquellos niños que necesitan trabajar, mejorando la calidad y la flexibilidad de la escolarización. Esto incluye hacer que las escuelas sean ambientes más seguros mediante el control del castigo físico y el acoso y asegurando que los niños que trabajan y sus familias no sean estigmatizados ni penalizados.


Niña acarreando una pila de tallos de arroz en la zona rural de Vietnam/Young Lives

No todo trabajo es malo

Tercero, lo más importante es que encontramos que no todos los trabajos son malos para los niños. Algunos trabajos pueden permitir que los niños adquieran nuevas habilidades y asuman ciertas responsabilidades. Además, aceptar un trabajo remunerado puede ser pragmático, especialmente en ausencia de una educación efectiva, porque ofrece a los niños una posición en el mercado laboral, que necesitarán si la educación no mejora sus perspectivas o si carecen de mejores oportunidades de trabajo.

Muchos niños también se sienten orgullosos de la contribución que hacen a sus familias y comunidades por medio de su trabajo. Incluso los niños que se sienten obligados a trabajar no son simplemente víctimas indefensas de las circunstancias. En los cuatro países, los niños creían que era importante ayudar a sus familias.

Por lo tanto, las políticas deben centrarse en ayudar a los niños que trabajan para que lo hagan de manera “ligera”, segura y beneficiosa. Esto implicaría colaborar con los niños y sus comunidades para identificar y eliminar las formas de trabajo más nocivas. El objetivo 8.7 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y el Convenio Nº 182 de la OIT sobre las peores formas de trabajo infantil proporcionan un marco para esto, mediante la protección de los niños con mayor riesgo de daños y el reconocimiento de que no todo trabajo es perjudicial.

Sobre todo, en lugar de simplemente imponer soluciones, es importante hablar con los niños y las familias acerca de las presiones en sus vidas y evaluar todos los impactos potenciales de las intervenciones antes de su implementación.

La profesora Jo Boyden es la directora de Young Lives.

Este artículo fue preparado por la profesora Jo Boyden como colaboradora de Delta 8.7. Según lo establecido en los Términos y Condiciones de Uso de Delta 8.7, las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente las de la UNU o sus socios.

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